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¡Un niño tranquilo y obediente no siempre es un niño feliz!

¡Un niño tranquilo y obediente no siempre es un niño feliz!

En nuestra sociedad, los espacios cada vez están más limitados para los niños. Queremos que “se comporten”, que “no hagan ruido” que básicamente no existan. Pero el silencio a veces es lo opuesto a una niñez feliz.

Si bien cuando estábamos pequeños nos enseñaron la canción de “La Lechuza”, que hace ‘shuu’, como una técnica para enseñarnos a guardar silencio en momentos apropiados, la mayor parte de una infancia feliz se compone de charlas, preguntas, risas y llantos. Los niños son por naturaleza ruidosos.

Sin embargo, nadie quiere escuchar el llanto o la risa de un niño ¡cada vez somos más intolerantes y esto es alarmante!

Somos todos unos ogros cuando se trata de niños. Queremos más a nuestro preciado silencio que a nuestros niños. Es lamentable, pero cierto.

Y esto no solo va de parte de las personas externas que se irritan cuando oyen a un niño llorar, la realidad es que empieza por los padres, quienes prefieren darle una tableta a su hijo para que se calle en lugar de consolarlo.

Ahora es más fácil ponerle un vídeo, un juego o alguna caricatura al niño, que conversar con él. Porque a nuestros oídos adultos es menos irritante el sonido de estos contenidos que la voz de nuestros niños.

Vale la pena reflexionar al respecto para recuperar la compasión y el afecto que hemos perdido hacia nuestros niños.

Claro que es importante enseñar a los niños a guardar silencio en determinados contextos. Pero debemos saber que naturalmente no sabrán hacerlo. Es nuestra obligación como padres y como adultos enseñarles con amor y permitirles aprender a su ritmo.

Poco a poco y de forma interactiva, un niño puede aprender a comportarse en determinadas situaciones. Pero debemos darle la oportunidad de equivocarse.

El problema está en que queremos que nuestros niños tengan de inmediato la madurez emocional de un adulto, una madurez de la que ni siquiera nosotros gozamos.

No queremos que nuestros niños lloren, que no se frustren, que se callen, que no peleen, que hagan absolutamente todo lo que les pedimos sin reproches. Y la pregunta es ¿estamos criando o estamos programando autómatas?

Deja de una vez por todas que tu niño se divierta. Si sus gritos y risas te dan dolor de cabeza, tómate un analgésico, el adulto eres tú.

Y por lo que más quieras, no hagas de los dispositivos inteligentes una niñera, porque no le darán a tu hijo la formación emocional que necesita.

Es una dura crítica a la crianza moderna, pero es tan real que aterra. Los niños pasan más tiempo frente a una pantalla silenciados por sus padres que interactuando con la familia y con otros niños.

Todavía no alcanzamos a ver las peligrosas consecuencias de esto, pero nada bueno puede resultar de delegar la paternidad a las caricaturas.