Saltar al contenido

Un hijo es el único ser que muchas personas llegan a amar más que a sí mismas

maternidad

Convertirse en madre o padre es uno de los acontecimientos más significativos para cualquier persona. Es un parte aguas, hay un antes y un después de convertirse en el progenitor de otro ser.

Si mientras padece los dolores de parto se le informara a la madre que solo uno puede salir vivo de esa habitación de hospital, es probable que esta elegiría a su hijo por sobre sí misma aún sin conocerlo. ¿Por qué?

Es increíble cómo sin haber visto por primera vez a este ser tan especial, es posible que una persona esté dispuesta a dar su propia vida para que este bebé venga al mundo.

Es un fenómeno incomprensible, se llama amor puro y verdadero. Y no solo las madres lo experimentan, muchos padres también, dadas las circunstancias, si tuvieran que elegir entre su vida y la de su hijo, sin dudarlo se entregarían para que su pequeño o pequeña viva.

Tal nivel de afecto es admirable. De hecho hay quienes afirman que no supieron realmente lo que era amar hasta que conocieron a su hijo.

Y es que cuando los padres ven por primera vez a esta hermosa criatura, les invade tal sensación de felicidad, plenitud, entereza y conmoción, que llegan a experimentar el amor más intenso nunca antes sentido.

Cualquier amor, llámese de pareja, de amigos, de hermanos o incluso hacia los propios padres, no se compara con el amor que se siente hacia un hijo.

Cuando estás allí frente a tu hijo, mirándolo por primera vez, solo estás seguro de una cosa: Quieres protegerlo y amarlo a toda costa. Incluso si eso significa pasar por encima de ti mismo.

¿Cuántas madres y padres hay que han dejado de comer solo para que sus hijos queden satisfechos? Otros no saben desde hace mucho lo que es comprar un par de zapatos nuevos o una nueva prenda de ropa. Antes, prefieren que sus hijos vistan y coman bien.

Reflexionando sobre este amor tan profundo, queremos extender la más sincera admiración por tales padres y madres, los que se niegan a sí mismos para ver felices a sus hijos.

Que Dios se encargue de escuchar todas sus oraciones, que todas las necesidades de casa sean suplidas sobrenaturalmente, que sus hijos puedan ver a través de ellos una pisca del amor de Dios y que, por tan noble labor como es la paternidad, sean retribuidos con amor.

Ningún padre que siembra bien muere en soledad y olvido. Porque lo que sembramos cosechamos. Y puedes tener la certeza de que si siembras una familia amorosa, cuando te falten las fuerzas, tu familia amorosa te abrazará y te sostendrá hasta el último día. Confía en Dios.