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Cuando perdemos a alguien que amamos, cambiamos para siempre

Cuando perdemos a alguien que amamos, cambiamos para siempre

Cuando pierdes a alguien que amas, el dolor es tan inmenso que no vuelves a ser la misma persona. Las pérdidas son aleccionadoras, te hacen madurar de la noche a la mañana. Te ayudan a apreciar aquello que siempre diste por sentado.

La pérdida de un ser querido causa un dolor real, se puede sentir en los huesos, en la boca del estómago, se extiende por todo el cuerpo desde el pecho. Es el dolor por la pérdida, por lo que parece irremediable.

Ningún otro dolor se compara con el que genera la muerte. Muchas personas se sienten morir cuando les parten el corazón, se sienten sin esperanza y sin amor. Pero este tipo de dolor, aunque parecido, no se puede dimensionar con el dolor que genera la muerte.

Sobre todo cuando la muerte es repentina, es decir, cuando se lleva a una persona joven, deja el corazón sin respuesta y sin aliento.

Ante estas circunstancias, la fe es lo único que puede vendar un corazón tan lastimado y devolver la esperanza por la vida.

“El Señor está cercano a los quebrantados de corazón y salva a los contritos de espíritu”. Salmo 34: 18.

Solo Dios puede sanar un dolor tan visceral como el de la muerte. El tiempo es un buen aliciente para el dolor, pero la sanidad total puede llegar a través de la oración.

Hay que tener en cuenta que muchas personas sin saberlo le hacen altares a su dolor. Piensan que si dejan de sentir dolor olvidarán a su ser amado o no le darán el honor merecido a su memoria.

Pero nada más lejos de la realidad. Si bien el duelo es necesario, sanador y restaurador, ninguna persona que te amó querría con su muerte cambiar tu vida para mal. Ningún ser amado que haya partido de este plano querría dejar tu corazón herido para toda la vida.

Al contrario, quienes se van y en algún momento nos amaron, quieren que nos quedemos con lo bonito, lo sabio y lo maravilloso de sus personas. La verdadera forma de honrar sus memorias es continuando nuestras vidas con sus enseñanzas de vida y replicando sus virtudes.

Por tanto, si tu corazón ha estado aferrado al dolor durante mucho tiempo, si sientes que incluso tus huesos no pueden contener tanta tristeza por la pérdida de un ser querido, te invitamos a hacer esta oración.

Padre amado, perdona mis ofensas en el nombre de tu hijo Jesús, perdóname porque no comprendo ni la vida ni la muerte, y sin embargo sufro terriblemente por la pérdida de mi ser querido. Te pido que tomes mi corazón, que me sanes, que me consueles con tu gozo y tu paz, que me tomes de tu mano y no me sueltes. Devuélveme la esperanza y las ganas de vivir, porque las he perdido por mi melancolía. Sáname y hazme una persona nueva, muéstrame el camino y dame resignación. Hazme entender, comprender y aceptar. Amén.