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Crecí en una secta y puedo decirte por qué la gente ‘normal’ se une a ellos

Fleur Brown comparte cómo fue su experiencia de crecer en la Iglesia de Dios Universal en Estados Unidos, una organización religiosa similar a una secta.

En la década de los 70, en medio de la Guerra de Vietnam, cuando todos los valores estaban siendo cuestionados, la madre de Brown perdió a su papá y buscando un lugar dónde aterrizar, fue acogida por la Iglesia de Dios Universal.

La Iglesia de Dios Universal era una religión fundamentalista estadounidense que ofrecía una hoja de ruta para el significado de la vida, infundida con un poco de teoría de autoayuda y algunos consejos de alimentación saludable.

Utilizaban un código de vestimenta muy conservador, el maquillaje estaba prohibido, pero la mayoría de las personas eran “bastante normales” en palabras de Brown. Había personas de todas las edades, de diferentes estratos sociales y de distintas partes del mundo.

Este grupo coercitivo estaba dominado por predicciones apocalípticas, eventos catastróficos que pronosticaban los líderes de la iglesia. La secta fue creada por Herbert Armstrong, un publicista que perdió su trabajo en el Gran Depresión y volvió sus talentos promocionales hacia la religión.

A tan solo unas décadas, la Iglesia de Dios Universal era una organización multinacional que generaba miles de millones de dólares. Armstrong se llamó a sí mismo el último de los apóstoles y cobraba a sus seguidores un 30% de sus ingresos brutos.

Básicamente los miembros de este culto no hacían planes a largo plazo porque estaban a tan solo un paso de una hambruna global.

“Se nos enseñó que después de que la mayor parte del mundo hubiera sido masacrada, se produciría una gran resurrección: los muertos se levantarían, incluidos los humanos de épocas pasadas. Los miembros fieles de nuestra religión especial serían recompensados ​​con posiciones de liderazgo. A los mortales resucitados que aceptaran las enseñanzas se les concedería la vida eterna, los demás serían arrojados a un lago de fuego”, relata Brown.

Así que Brown no estuvo muy relajada al crecer. Pero aprendió varias cosas de su experiencia. En primer lugar, señala que algo que atrapa mucho a las personas en los cultos es que todo el mundo es excesivamente agradable, pero solo es una fachada.

“Se sentía como el cielo en la tierra para los nuevos reclutas; quienes a menudo fueron golpeados y magullados por las tribulaciones de la vida”.

Luego, a estos nuevos reclutas se les daba un bombardeo de amor. Se les hacía sentir queridos e importantes con cenas y atenciones. Había un sentido de comunidad muy fuerte.

Pero ese nirvana de amabilidad no se puede sostener cómodamente. Así que cuando la tragedia o el sufrimiento golpeaban, se les consideraba parte purificadora de la vida.

Respecto a la pregunta de por qué la gente ‘normal’ se une a una secta, Brown dice:

“Los cultos están bellamente empaquetados para que parezcan algo muy diferente desde el exterior. Cuando la gente se da cuenta de lo que realmente ha comprado, toda su vida está comprometida a servir a la comunidad de culto”.

“Mi experiencia de crecer en una secta me dejó sensible a la manipulación y una firme defensora de las libertades humanas básicas. En particular, apoyo firmemente el derecho a la libertad de identidad, un derecho más allá de la libertad de expresión, que el mundo recién ahora está aceptando”, concluye Brown.